Todos los seres humanos estamos en la gran aventura de crear y vivir una vasta gama de experiencias con el propósito de expresarnos, descubrir cómo manejarlas, aprender de ellas y disfrutarlas. Si esto es así, ¿por qué pasamos tanto tiempo resistiéndonos a nuestras propias experiencias?
El arrepentimiento, la ansiedad, la depresión, la negación, el disgusto, la desilusión, el rechazo, la desaprobación, el juicio, la molestia, la impaciencia, el resentimiento, las quejas y una infinidad de otras reacciones son formas en que resistimos nuestras experiencias en la vida. Son maneras de distanciarnos o intentar huir de muchas de ellas. Es como si dijéramos:
“No me gusta esto. No era lo que tenía planeado ni lo que esperaba de mi vida. Lo odio. Esto me está haciendo miserable y no me lo merezco. No quiero esta experiencia, así que voy a fingir que no está pasando o que nunca pasó. Silbaré una melodía alegre o me pondré una sonrisa en la cara para mostrarle al mundo que todo está bien, o tal vez simplemente entierre estos sentimientos y actúe como si le hubiera pasado a otra persona. Quizás me aísle de todos y me encierre en mi propio y solitario mundo”.
Estas son solo algunas de las múltiples posibilidades que tenemos para resistir nuestras experiencias. En ciertos casos, las experiencias de las que tratamos de escapar son precisamente las más felices, como cuando alguien nos dice que nos ama y nos asustamos tanto que salimos corriendo, porque no queremos sentirnos vulnerables y potencialmente heridos. Tal vez no queremos sentirnos atrapados, o creemos que no merecemos ser amados, o tenemos una docena de excusas para no permitir una experiencia que, en el fondo, anhelamos profundamente.
Si observamos más de cerca estos intentos de bloquear o resistir nuestras vivencias, podemos ver con claridad cuánto nos gobiernan nuestros miedos. Tememos el dolor emocional, el rechazo, la traición, sentirnos atrapados, ser abandonados, comprometernos, ser expuestos, juzgados, atacados… tantos temores. Y casi todos estos miedos están basados en percepciones, recuerdos, ideas o creencias que tal vez ni siquiera se fundamentan en experiencias reales.
Quizás estén profundamente enterrados en nuestros genes, sufrimiento epigenético heredado de nuestros ancestros, sin una conexión directa con nuestra historia personal. O tal vez esta resistencia surge al observar lo que les ha sucedido a otras personas -familiares, amigos, colegas- y creer que si no estamos lo suficientemente alertas, también nos ocurrirá a nosotros.
Así que aquí estamos, en medio de nuestra gran aventura, esperando en cierto modo que dicha aventura no nos toque demasiado, por si resultara indigerible. Y esa es una palabra interesante: indigerible.
Al igual que la comida, algunas de nuestras experiencias se digieren con facilidad y otras no. Algunas nos revuelven el estómago, nos dan ganas de vomitarlas, de deshacernos de lo que no nos gusta. Tal vez recibo la noticia de que no fui elegido, que no obtuve el ascenso, que fallé en alcanzar la posición que deseaba, que no ingresé en la escuela con la que soñaba, y así sucesivamente. Escucho la noticia y enseguida “vomito”, trato de negarla, de rechazarla… pero a pesar de eso, quedo devastado y hago todo lo posible por no pensar en mi fracaso, sin mucho éxito.
Entonces lo racionalizo diciéndome que fue para bien, que en realidad no lo deseaba tanto, que estoy mejor sin ese dolor de cabeza o sin esa responsabilidad adicional. Me repito ese relato durante años y un día me descubro tan decepcionado de mí mismo que ya no quiero seguir viviendo. O quizás me vuelvo auto-destructivo y empiezo a consumir opioides, drogas o alcohol.
Hay tantas maneras de escapar, tantas formas de no poder huir de la vergüenza. Pero quedamos atrapados en la experiencia porque no permitimos que se exprese completamente a través de nosotros. Por lo general, cuando le pido a una persona que me cuente los detalles de una experiencia traumática, no puede hacerlo de inmediato. No recuerda quién dijo qué ni cuándo, quiénes estaban presentes, qué ropa llevaba puesta, si era de día o de noche, qué sensaciones tenía en el cuerpo, etc.
A menudo, en lugar de pedir detalles concretos, resulta más fácil preguntarle a la persona qué color le evoca ese evento al recordarlo, si se siente agudo o tenue, viejo o nuevo, frío o cálido, y otras impresiones más subjetivas. Con un poco de estímulo y exploración, las personas suelen darse cuenta de que sí recuerdan más de lo que creían. Es como si al iluminar un poco la experiencia, los detalles emergieran de las sombras y comenzara a formarse una memoria real.
Las personas vivieron la experiencia, pero no la digirieron en su momento, por lo que fue “guardada en el clóset”, por decirlo así: inaccesible durante un tiempo, no digerida. A medida que atraviesan lentamente el recuerdo del evento, en la seguridad de una sesión acompañada por alguien que los guía, comienzan a digerir la experiencia de una nueva manera. Empiezan a notar consideraciones que tuvieron en aquel momento, decisiones que tomaron, sensaciones que habían olvidado, y más. Una experiencia no digerida siempre puede ser digerida, incluso si ocurrió hace veinticinco años.
Una mujer de setenta años recordó un evento de su juventud en el que un hombre la amenazó con un cuchillo e intentó violarla. Recordó la profunda vergüenza que sintió en ese instante y cómo creyó que era su culpa. Al comenzar a digerir ese evento, se dio cuenta de que había sido el hecho clave que marcó su vida desde entonces. Al digerirlo, logró sostenerlo de una forma diferente y comprender cómo y por qué sucedió tal como sucedió. El evento adquirió un nuevo significado para ella al aceptarlo y verlo con mayor neutralidad.
Un hombre de mediana edad recordó un incidente en el que fue violado en grupo durante un rito de iniciación universitaria. Nunca se lo contó a nadie y, durante años, actuó como si jamás hubiera sucedido. Sin embargo, sabía que algo no estaba bien, y que desde entonces nunca volvió a sentirse exitoso. No digirió esa experiencia hasta el día en que, con valentía, accedió a repasarla con gran detalle, lo cual hizo. Mientras lo hacía, sintió una gran calma envolviéndolo y una pesada carga se levantó de sus hombros. Finalmente aceptó lo ocurrido y fue capaz de hablar de ello con una sorprendente neutralidad. Ya no lo definía: se volvió simplemente otro evento más dentro del relato de su vida, solo una parte de la historia. Desde ese momento, comenzó a permitirse más éxito en muchos ámbitos de su vida.
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El secreto para digerir una experiencia está en aceptarla. Si puedes hablar de ella con detalle, de facto estás aceptando que ocurrió. La negación se disuelve y la aceptación provoca que la experiencia desaparezca. Desaparecer no significa que nunca haya sucedido. Significa que ha sido tan neutralizada que ya no tiene poder oculto para sabotear o influenciar nada desde las sombras. La fórmula es:
Enfrentarla, aceptarla, digerirla, neutralizarla, borrar su influencia sobre tu vida, liberarte de ella.
Cuando digieres completamente un alimento, significa que lo aceptaste en tu cuerpo, que fue procesado y eliminado del estómago, y estás libre para alimentarte de otras cosas que te nutran.
Así funcionan nuestras experiencias: experimentarlas es digerirlas, cada parte del “banquete”. ¿Por qué más tendríamos una experiencia? Nuestras experiencias son nuestras aventuras. Y sí, a veces son dolorosas. Sin embargo, aprendemos de ellas. Nos enseñan, si se lo permitimos.
Seguramente ya lo has escuchado antes, pero no está de más repetirlo: las experiencias no nos ocurren a nosotros; ocurren para
La Esencia permite experiencias que nuestras personalidades atraen magnéticamente. Así es como aprendemos, evolucionamos y avanzamos. Si nos interponemos en ese fenómeno natural dentro del mundo físico, estamos obstaculizando el proceso, constipándolo, acumulando en el “sótano” materiales no digeridos que no desaparecerán de otra forma y que, tarde o temprano, nos enfermarán.
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Pregúntate:
-¿Tienes experiencias “no experimentadas” acumuladas en el clóset subconsciente?
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La verdad es que todos tenemos algunas. No desaparecerán a través de la resistencia o la negación. Están esperando ser invitadas a la luz, a salir de las sombras. Nuestros tiempos lo están reclamando. Este es el momento. La ayuda está disponible desde dentro.
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Una advertencia importante:
En el caso de algunas personas que han sufrido traumas extremadamente graves, puede ser necesario atravesar este proceso muy lentamente, con la guía de un profesional capacitado que comprenda los ritmos adecuados. Para muchos de nosotros, los traumas y experiencias no experimentadas están más cerca de la superficie, y tal vez estén listas para liberarse con algo de atención personal y enfoque.
Como suele decirse, cuando el alumno está listo, aparece el maestro. Ese maestro puede ser otra persona… o puede ser tú mismo. Inténtalo por tu cuenta. Y si es demasiado difícil, busca ayuda. Existen muchas técnicas para ello, pero no hay otra manera de digerir una experiencia que aceptarla tal como es.
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Nota. La Escuela del Camino del Poder Chamánico. Artículo de José Stevens, 21 de julio de 2025. Traducción, Edición y Difusión: Juan Angel Moliterni (www.escuelaclaridad.com.ar). Se autoriza la redistribución de este boletín e información personalmente y vía Internet con la condición de que el contenido permanezca intacto, de que se respeten los créditos del servicio, los autores, los editores y se mencionen la fuente y enlaces correspondientes. Gracias por colaborar en hacer que estas ideas (link) lleguen a la atención de un público más amplio.
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