La importancia de tener el control

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Desde los inicios de la humanidad en este planeta, hemos aprendido a controlar, bueno, prácticamente todo. Los primeros humanos mejoraron sus probabilidades de supervivencia al aprender a controlar cómo se acercaban a su entorno: cómo esparcir semillas para multiplicar plantas favoritas para la recolección, cómo arrear animales por acantilados para garantizar carne, cómo almacenar alimentos para el invierno, cómo controlar roedores y plagas, cómo construir refugios para protegerse del calor, la lluvia, la nieve y demás.

Aprendieron a controlar su respiración para perfeccionar su puntería con arco y flecha, a moverse sigilosamente y cazar a favor del viento, y muchísimas otras técnicas para controlar tanto a sí mismos como las condiciones ambientales y así aumentar sus probabilidades de sobrevivir.

A medida que los humanos progresaron, sus esfuerzos por controlar se intensificaron. Aprendieron a controlar cuerpos de agua con represas, desviar arroyos para regar cultivos, acceder a agua mediante pozos, construir fortalezas para protegerse de hostiles y proporcionar seguridad a su gente. Aprendieron a frenar la expansión de los vecinos y a controlar las invasiones mediante ejércitos con armamento avanzado, lo que eventualmente llevó a la dominación mediante invasiones y expansión de imperios. Aprendieron a controlar metales extraídos de la tierra para fabricar espadas y maquinaria, controlaron el fuego y más tarde la electricidad.

Más recientemente, los humanos aprendieron a controlar las condiciones para desarrollar farmacéuticos que regulan la presión arterial, diversos órganos del cuerpo, enzimas, virus, bacterias y un sinfín de condiciones biológicas. Hemos aprendido a manipular estructuras atómicas y subatómicas, crear metales nuevos y ligeros, baterías, chips de computadoras y mucho más. Se desarrolló el dinero como medio de intercambio, y durante décadas hemos monetizado todo, buscando cómo sacar más dinero de casi todo lo que hacemos. El comercio mundial, los sistemas económicos nacionales y globales son constantemente manipulados para controlar la riqueza y la pobreza.

Nuestra historia, entonces, parece ser la de desarrollar o intentar controlar prácticamente todo lo que tocamos, y esto significa que cada uno de nosotros está programado y condicionado para ver el mundo a través del prisma del control. De hecho, durante miles de años hemos intentado controlar a nuestros hijos, parejas y familias mediante manipulación, transacciones, y métodos sutiles o no tan sutiles.

Muchas mujeres han aprendido a controlar a los hombres al observar qué los motiva más: sexo, poder y libertad. A través de transacciones sutiles o directas, han negociado placer por seguridad, influencia o acceso a recursos, esquivando así la dominación total. Algunas mujeres han llegado a ser muy poderosas usando estas dinámicas. Por su parte, muchos hombres han hecho lo mismo, aunque con tácticas algo distintas, como el dominio físico o emocional, el gaslighting (una forma de manipulación psicológica, donde un esposo manipula a su esposa haciéndole creer que está perdiendo la razón) y la erosión de la confianza para mantener a sus parejas bajo control. Entre hombres, estas dinámicas se ven claramente en los mundos del crimen organizado.

Entonces, surge la pregunta: ¿es el control algo bueno o malo?

Ciertamente, nos ha ayudado a sobrevivir e incluso a prosperar, pero ¿dónde termina la ventaja y comienza la desventaja? ¿En qué momento el deseo de controlar se convierte en un problema destructivo? ¿No son todas las adicciones el resultado de un intento fallido de demostrar control?

Los estudios de salud mental muestran que las personas emocionalmente sobre-controladas son a menudo las más peligrosas o las primeras en quebrarse bajo estrés. ¿No es el autoritarismo extremo un ejemplo de adicción al control? La historia está repleta de tiranos y dictadores cuya obsesión con el control ha causado genocidios, torturas, desapariciones, hambrunas y más.

Pero consideremos también el control positivo: por ejemplo, un inspector de minas que evalúa túneles para prevenir derrumbes y fugas de gases venenosos, no por miedo, sino por cautela y con el objetivo de proteger vidas. Estas medidas no surgen de la inseguridad, sino de decisiones proactivas. Sin embargo, no todo se basa en el sentido común, porque hay un problema importante en los humanos: el miedo.

En todos los casos, los resultados desafortunados se producen cuando el motivo es el miedo, no simplemente la cautela normal. Todos los tiranos y dictadores son matones temerosos, totalmente inseguros, narcisistas y sociópatas. Por lo tanto, todo lo que emana de ellos es dañino y destructivo a largo plazo. ¿Por qué? Porque su motivación siempre es controlar a los demás y las situaciones debido a su paranoia por su propia seguridad. Cuanto más poder e influencia obtienen, más paranoicos se vuelven y peor se torna su juicio, hasta que finalmente caen y se destruyen. Esto nunca falla.

Hoy en día, los gobiernos, estructuras corporativas, partidos políticos, religiones y cualquier estructura jerárquica de arriba hacia abajo suelen ser extensiones del tirano, por lo que podríamos decir que la cultura se ha vuelto tiránica, o que la corporación lo ha hecho, o que el partido político/culto/religión sostiene puntos de vista tiránicos. Siempre se puede rastrear hasta una persona humana que sostiene ciertas creencias, dictados, deseos, etc., y estos siempre están basados en el miedo.

Así que, el miedo determina cuándo el control se vuelve perjudicial y cuándo es simplemente un recurso pragmático para resolver problemas. Veamos las verdades más profundas que rodean el control.

En primer lugar, en verdad, tener control es un mito de proporciones enormes. No hay control, ni siquiera existe una pizca de esperanza de control. Hablé con un amigo mío, Laurie Skreslet, un alpinista del Everest, sobre los riesgos de escalar, y me dijo: “La estrategia consiste en estudiar todos los riesgos y luego reducir el factor de riesgo de todas las formas posibles utilizando equipos probados, estudiando todas las rutas y conociendo sus peligros, observando cuidadosamente el clima y las condiciones que se avecinan, inspeccionando todo el equipo múltiples veces y teniendo protocolos establecidos para cada situación posible conocida”. Aun así, pueden ocurrir accidentes, incluso desastres. Ese es el juego.

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Nunca se conocen todos los riesgos y cualquier cosa es posible. Así es la vida misma. Ningún sistema es infalible. Puede ser casi infalible, pero incluso entonces puede haber una posibilidad entre un millón de que no funcione, y a veces sucede. Un meteorito puede golpear el avión más seguro jamás construido y hacerlo estrellar. ¿Cuáles son las probabilidades? Mínimas, pero es posible. ¿Debemos permitir que esto nos aterrorice y nos quite el sueño? No realmente. Cualquiera de nosotros podría no despertar por la mañana, pero continuamos con nuestras actividades como si fuéramos a hacerlo.

En lo más profundo, entendemos que no tenemos control total y nunca lo tendremos, y eso está bien para nosotros. Para algunos, no es así. Entonces, pasan sus vidas luchando por establecer un control total sobre todos y todo. ¿Para qué? Para el mito de la seguridad. La vida no es segura para el cuerpo ni para el ego. La vida es totalmente segura para la esencia. ¿Dónde está tu lealtad? Eso marca toda la diferencia. Los cuerpos mueren. Las personalidades experimentan desilusión y fracaso. ¿Y qué? Así es la vida y nunca será diferente para los humanos, a pesar de todas las fantasías o avances tecnológicos.

Lo mejor que podemos hacer es tratar de hacer la vida lo más segura y agradable posible para la mayoría de las personas. En este momento de la historia, la mayoría tiene algo para comer, refugio y mejores condiciones que nunca antes en la historia. Aún hay mucho por hacer, principalmente en cuanto a la distribución adecuada de alimentos y recursos, y en poner fin a las guerras y la violencia que privan a las personas de seguridad en todo el mundo. Todas estas guerras son resultado de controladores compulsivos que son temerosos, débiles y carentes de sabiduría.

Si se les pregunta a la mayoría de los maestros espirituales, “¿Cuál es la respuesta?”, todos dirán, en pocas palabras: “Déjalo ir, deja que Dios actúe”. ¡Claro que sí! Con nuestro condicionamiento colectivo sobre la importancia de tener el control, eso es pedir mucho. La mayoría de las personas ni siquiera pueden soltar lo suficiente como para hacer sus necesidades adecuadamente, y mucho menos soltar todos sus pensamientos, planes, análisis, control y repetir la narrativa del ego una y otra vez.

Sin embargo, ese es el requisito para la paz mental definitiva. Soltarlo todo y descubrir el “sin cuerpo” que es nuestra verdadera identidad, nuestra base en la conciencia, es la única solución. El “sin cuerpo” no tiene que tener el control. El “sin cuerpo” no le teme a nada. El “sin cuerpo” no tiene nada que demostrar a nadie, ni siquiera a sí mismo. Qué alivio ser un verdadero “sin cuerpo” en lugar de un supuesto “alguien”. De hecho, ¿y si el “sin cuerpo” fuera el nuevo “alguien”? No, eso no es posible ni deseable. Pero quizás el “sin cuerpo” salve al mundo del exceso de control al no haber “nadie” a quien controlar.

Al final del día, todos somos “sin cuerpo”. Nuestros cuerpos nacen, viven y mueren. Somos la conciencia que experimenta tener un cuerpo por un tiempo y experimenta no tenerlo antes de nacer y después de morir. Esa conciencia es espíritu puro y es la fuente de la única vida que conocemos. No busca control, busca experiencia.

Nota. La Escuela del Camino del Poder Chamánico. Artículo de José Stevens, mayo de 2025. Traducción, Edición y Difusión: Juan Angel Moliterni (www.escuelaclaridad.com.ar). Se autoriza la redistribución de este boletín e información personalmente y vía Internet con la condición de que el contenido permanezca intacto, de que se respeten los créditos del servicio, los autores, los editores y se mencionen la fuente y enlaces correspondientes. Gracias por colaborar en hacer que estas ideas (link) lleguen a la atención de un público más amplio.

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