Educando Nuestro Interior 20

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Concentración.

Para la persona dedicada a la investigación en un laboratorio, para alguien que camine por algún sendero; para un estudioso que esté leyendo un libro o para un individuo que esté escribiendo una carta o conduciendo un automóvil, resulta sumamente importante la concentración de toda su atención en lo que tengan enfrente o la actividad que estén desarrollando.

De este modo, cada uno de ellos entenderá la naturaleza y las peculiaridades del objeto que está atendiendo. Mientras más intensa sea la concentración, más exitosa resultará la actividad. Cuando las habilidades mentales se encuentran enfocadas en un solo empeño, se puede adquirir el conocimiento de manera más rápida y en un campo más amplio.

La concentración le permitirá a uno, quienquiera que sea y cualquiera que sea la actividad a que esté dedicado, terminarla de manera mucho mejor que si no se concentrara. Ya se trate de tareas materiales, del trabajo cotidiano o espiritual, la concentración de las energías mentales es un requisito indispensable si se desea tener éxito. Constituye la llave que puede abrir el arca del tesoro del conocimiento.

Hay millones de pensamientos inoportunos, indeseados e incluso dañinos que entran en nuestra mente y confunden su actividad. Todos ellos han de mantenerse fuera; la mente debe ser resguardada, controlada y mantenida bajo nuestra rigurosa supervisión.

Este universo o cosmos que conocemos como externo a nosotros, puede ser explicado por medio de varias teorías del conocimiento, pero ninguna de ellas le suena convincente al no iniciado. El Discípulo teje muchas de estas teorías e hipótesis. No está convencido de la realidad de ninguno de los objetos materiales en el universo, ni de ninguna actividad y ni siquiera de la de cualquier otro que postule cualquier otra explicación.

Cree firmemente en que debe trascender las cosas de la vida diaria y no estar atado por obligaciones sociales o de otro tipo. Desde su punto de vista, en el vasto Océano de la Existencia, todos los objetos no son sino gotas. Todas están empeñadas en moverse desde la circunferencia hacia el Centro desde el cual se manifestaron a través de maya. El también ansía fundirse en este Centro, el núcleo de la Realidad, lejos de la confusión de la diversidad aparente. Se esfuerza en llegar a ser la Verdad y no solamente en lograr una clara conciencia de ella. No le resulta tolerable la idea de que él y la Verdad estén separados y son distintos.

Lo Divino es toda y su única familia. No conoce otra. No alberga ningún otro anhelo, ningún otro apego, ningún otro deseo. Dios lo es todo en todo para él. Nada puede afectarle, ni pesares ni alegrías, ni fracasos ni éxitos. Ya no ve ni experimenta otra cosa que una ininterrumpida e inalterada corriente de bienaventurada conciencia. Para aquel que se halla firmemente establecido en este estado, el mundo con sus altibajos parece trivial e ilusorio. Para poder mantenerse en este nivel de conciencia, deberá contrarrestar la atracción de los sentidos y enfrentar la fascinación que ejerce el mundo, sin agitación alguna en su mente.

El Discípulo se mantiene vigilante frente a las tentaciones que los sentidos le presentan, y, pasándolas por alto, se vuelca hacia lo Divino, buscando allí su fuerza y su solaz. Ha comprendido que el poder y la energía que vitalizan lo más pequeño y lo más vasto son el mismo Principio Divino. Y esta visión que ha experimentado se revela en sus acciones, sus pensamientos y sus palabras.

Cabe destacar aquí un hecho. No es suficiente que el intelecto haga un gesto de aprobación y sea capaz de comprobar que la Divinidad lo es todo. Esta creencia ha de penetrar en su fuero interno e impulsar cada momento del vivir y cada acto del creyente. El conocimiento no puede constituir tan sólo un cúmulo de teorías o un paquete de principios hábilmente elaborados. La fe debe vivificar y animar cada pensamiento, cada palabra y cada acción.

Muchas personas piensan que la concentración es lo mismo que la meditación, pero no existe esta conexión entre ambas. La concentración es algo que está por debajo de los sentidos, en tanto que la meditación está por encima de ellos.

Quienes crean que concentración y meditación son lo mismo, están tomando un camino equivocado. La concentración es algo que usamos involuntariamente en nuestra vida diaria. Observen esto… estoy leyendo el periódico: mis ojos miran las letras; mi mano sostiene el periódico; mi inteligencia está pensando ahora y la mente también piensa. De modo que cuando las manos cumplen con su función, los ojos cumplen con la suya, la inteligencia y la mente lo hacen también y hay una acción coordinada de mente, inteligencia, manos y ojos, soy capaz de captar el contenido del periódico.

Esto significa que si quiero llegar a los asuntos que contiene el periódico, todos los sentidos y facultades enumerados están concentrados, trabajando coordinadamente respecto al periódico. Y no sólo eso. Cuando uno desea conducir un automóvil, no podrá hacerlo a menos que exista esta concentración.

Todas las rutinas normales, como caminar, hablar, leer, escribir, comer, son cosas que hacemos únicamente como resultado de la concentración. Si esta concentración forma parte de nuestra vida diaria, entonces, ¿qué es lo que practicamos para lograr la concentración? Lo que debemos practicar es algo que está más allá de éstos sentidos normales.

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Debemos elevarnos desde debajo de los sentidos, es decir, el estado de concentración, hasta el nivel de los sentidos, es decir, la posición media llamada contemplación, y desde ahí, ascender por encima de los sentidos, a lo que se llama meditación.

Entre la concentración y la meditación se extiende un área intermedia que las incluya a ambas y ésta es el área de contemplación. Estar en el área de contemplación es el liberarse de los apegos mundanos. Si apartan todo el apego mundano, todos los apegos rutinarios entran en la región de la contemplación. Cuando se hayan separado por completo de todo apego, se habrán abierto camino a través de esta área de la contemplación y entrarán en el área de la meditación.

“Que la Tierra, soberana del pasado y del futuro, construya para nosotros un mundo amplio… Que la Tierra, que fue agua en el Océano y cuyo curso los pensadores siguen mediante la magia de su conocimiento, ella que tiene su corazón de inmortalidad cubierto por la Verdad en el éter supremo, funde para nosotros la luz y el poder en aquel dominio de excelsitud”.

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