No existe un verdadero regreso hacia un pasado glorioso, porque el pasado, por más luminoso que parezca cuando lo contemplamos desde la distancia, ya cumplió su función. Y menos aún tendría sentido intentar reconstruirlo si aquella supuesta grandeza fue posible gracias al privilegio de unos pocos y al sufrimiento, la exclusión o el silencio de muchos.
La Edad de Oro que podemos imaginar no está detrás de nosotros. Está delante.Y quizá no se parezca tanto a un imperio, una nación poderosa o una civilización perfecta, sino a algo mucho más sencillo y profundo: una humanidad capaz de incluir, compartir, perdonar y reconocer la dignidad esencial de cada ser.
Desde una conciencia más amplia, las fronteras comienzan a perder su aparente solidez. No porque las sociedades no necesiten organización, acuerdos o territorios, sino porque ninguna línea dibujada sobre un mapa puede dividir realmente aquello que, en esencia, pertenece a una misma Vida.
La Tierra no conoce fronteras.
Los océanos no llevan pasaporte.
Las ballenas atraviesan mares que los seres humanos hemos dividido entre diferentes países sin saber que están cruzando jurisdicciones. Los delfines recorren las costas sin preguntarse dónde termina una nación y comienza otra. Las aves migratorias atraviesan continentes siguiendo corrientes de aire, estaciones y antiguos llamados grabados en su propia naturaleza. Para ellas no existe la condición de extranjero.
Existe simplemente el viaje.
Tal vez por eso la migración constituye una de las grandes metáforas de nuestro tiempo. Porque nos obliga a preguntarnos qué significa realmente pertenecer.
Durante siglos hemos construido nuestra identidad alrededor de divisiones: nosotros y ellos, propios y extraños, ciudadanos y extranjeros, amigos y enemigos. Y cuando esas categorías se endurecen demasiado, dejamos de ver personas y comenzamos a ver etiquetas.
Así nace la separación.
No en las fronteras, sino en la conciencia.
Las fronteras pueden organizar territorios; el problema comienza cuando también pretenden dividir el valor de las almas.
Toda conciencia que se expande atraviesa, tarde o temprano, sus propias fronteras interiores. Primero descubre que no es solamente su historia. Después comprende que no es solamente su cultura, su religión, su nación, su género, sus ideas o sus heridas. Poco a poco comienza a reconocerse como parte de algo mucho mayor.
Algunos llaman a ese proceso ascensión. Otros hablan de despertar, expansión de conciencia o retorno al Ser. Los nombres importan menos que la experiencia.
Cuando la percepción se eleva, la separación comienza a resultar cada vez más artificial.
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Entonces descubrimos que aquello que llamábamos quinta, sexta o séptima dimensión quizá no describa únicamente lugares lejanos del universo, sino estados de conciencia en los cuales la identidad deja de defenderse permanentemente de la vida y comienza a sentirse parte de ella.
Allí aparece otra clase de alegría.
No la alegría que depende de que todo salga como deseamos, sino aquella que nace de sentirnos nuevamente vinculados con la totalidad.
Es el recuerdo íntimo de que provenimos de una misma Fuente y de que cada ser es una expresión irrepetible de esa misma Vida explorándose a sí misma bajo innumerables formas.
Tal vez por eso nuestro viaje espiritual sea también una migración.
Migramos desde la separación hacia la unidad.
Desde el miedo hacia la confianza.
Desde la identidad cerrada hacia una conciencia más vasta.
Desde la necesidad de defender constantemente nuestro pequeño territorio interior hacia la capacidad de habitar el inmenso territorio de la Presencia.
Y en algún momento comprendemos algo todavía más profundo: no estamos regresando a las estrellas porque jamás dejamos realmente de pertenecer a ellas.
Somos materia de estrellas caminando sobre la Tierra.
Somos viajeros de la conciencia.
Somos migrantes entre mundos, edades, cuerpos, experiencias y estados del Ser.
Quizá la evolución no consista entonces en escapar de este mundo, sino en aprender finalmente a habitarlo desde una conciencia que ya no necesita convertir toda diferencia en una frontera.
Estar en el mundo sin quedar aprisionados por sus antiguas divisiones.
Caminar sobre la Tierra recordando el cielo.
Y reconocer, detrás de cada rostro que llega desde otra tierra, una verdad que algún día tendremos que aceptar:
todos estamos de paso.
Todos somos viajeros.
Y, en el fondo, ninguno de nosotros es extranjero.
| Bendiciones Multiplicadas! Juan A. Moliterni |
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