Justo donde el “yo” no está

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imagen de una flor de lotoCrear belleza no es fabricar algo bonito. Es apartarse.

Todo lo que llamamos “mío” está hecho de acumulación: la memoria, el gusto, la opinión, el estilo. Un archivo enorme que arrastramos y que, sin darnos cuenta, se interpone entre nosotros y lo que miramos.

Vemos un árbol y, en realidad, vemos nuestra idea de árbol. Vemos un rostro y vemos lo que ya sabíamos de él. Casi nunca vemos. Reconocemos, que es otra cosa. Por eso ciertas cosas nos resuenan: porque tocan algo que ya estaba guardado en nosotros.

La belleza ocurre en el vacío. En ese segundo en que algo nos detiene y todavía no lo hemos nombrado. Un color, un silencio entre dos notas, la luz cayendo de cierta forma sobre una pared cualquiera.

Antes de que la mente llegue con su etiqueta y diga “qué bonito”, la belleza ya estuvo. Lo bonito es el comentario. La belleza fue el instante mudo de antes.

Por eso, crear no consiste en añadir.

Consiste en quitar.

Quitar la intención de agradar. Quitar la comparación, esa costumbre de ponerlo todo en fila para ver qué gana. Quitar incluso la voluntad de expresarse, que muchas veces es el yo pidiendo aplausos con otro disfraz.

Lo que queda cuando se retira todo eso no es vacío muerto. Es atención pura. Y de la atención pura, sin que nadie la empuje, brota la forma.

Ahí está la paradoja hermosa: no se puede crear belleza como quien ejecuta un plan. En cuanto aparece el propósito de producirla, entra el yo con sus expectativas, y el yo lo llena todo de sí mismo.

La belleza no soporta ser buscada de frente. Llega de lado, cuando dejamos de estorbar. El artista no la produce. Le abre la puerta y se hace a un lado.

Y la belleza no necesita coartadas. No tiene que ser verdadera, como una teoría. No tiene que ser buena, como una moral. No es utilitaria, no sirve para nada, y en eso está su dignidad.

Una flor no florece para enseñarnos una lección. Florece.

Un pájaro no canta para tener razón. Canta.

La belleza que no rinde cuentas a nadie es la única que respira libre.

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Crear, entonces, es un acto de despojo. Vaciarse hasta quedar tan disponible que lo nuevo pueda pasar a través de uno sin quedar cubierto por la huella personal.

No firmarlo por dentro.

No coleccionarlo.

Dejarlo ser y soltarlo.

Alguien, desde la nada, sin nombre y sin dueño, inventando un color que nunca existió.

Y desapareciendo justo a tiempo para no ensuciarlo.

La belleza sin ego no se entrena.

Se permite.

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Bendiciones Multiplicadas!

Juan A. Moliterni

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Siguiendo Juan A. Moliterni:

Instructor Espiritual de la Ciencia Iniciática, Canalizador, Reiki Ascensional Claridad, Ciencia Astrológica, Músico Arteosofia.

La Hermandad Blanca Universal, la jerarquía espiritual de Maestros Ascendidos, transfiere una antorcha, una Luz, a aquéllos que deseen tomarla, que vayan a agarrarla con fuerza. La antorcha de la Síntesis de oriente y occidente, de los Valores apreciados, el conocimiento espiritual y la comprensión del Cosmos. Te invitamos a participar!

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