Educando Nuestro Interior 27

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Liberación.

El hombre es, fundamentalmente, Alma; no obstante, posee la envoltura del cuerpo, ¿no es cierto? Desde un punto de vista, el hombre no es diferente del cuerpo, ¿no es así? Pese a ello el hombre siente que no es este cuerpo, siente que su realidad es distinta, siente que no es el bebé que era o el anciano que es, siente que no es el hombre ni mujer, y que persiste a través de la infancia, la niñez, la adolescencia, la edad adulta y la vejez, a través de la masculinidad o la feminidad y a través de todos los otros estados o cambios.

De esta manera, también el cosmos y la creación toda no son sino billones de cuerpos de Dios. Él es todo y está en todo esto, aunque es inalterable y eterno. La naturaleza está sujeta a cambio. También el Alma se puede contraer o expandir, florecer o marchitarse, brillar o quedar nublada. Las malas obras pueden disminuir su esplendor al nublar su brillo. Su verdad y su sabiduría innatas pueden ser cubiertas por los pensamientos y actos negativos. Todos los actos y prácticas que ayudan a descubrir el esplendor y gloria naturales del Alma se denominan “actos buenos”.

En un principio el Alma es “ilimitada”, pero más adelante se le ve limitada y restringida, aunque puede recobrar su Verdad y libertad por medio de actitudes y actividades buenas. Todos, sin diferencia alguna, tienen la oportunidad de lograr esta transformación. Cuando el tiempo está maduro, cada uno puede lograr el éxito en esta empresa y liberarse de las limitaciones y ataduras.

Cuando la evolución se torna en involución y se llega a la última etapa de la fusión de lo consciente con lo inconsciente, Dios es lo único que existe. Por su naturaleza misma el individuo es “eterno e inmortal”. No tiene ni principio ni final que puedan ser determinados. No tiene nacimiento ni muerte. Es iluminado por sí mismo. Es el conocedor y el conocimiento, el que actúa y el que disfruta. Ya sea que esté atado o liberado, el individuo mantiene intactas todas estas características. No obstante, sea lo que fuere, no tiene la libertad que tiene Dios. En cada acto, el individuo ha de utilizar al cuerpo, a los sentidos, a los aires vitales que operan en el cuerpo. Todos ellos coexisten con lo Divino en el individuo. Cualquier cosa que sea, el individuo no es una máquina que carece de voluntad propia. Del mismo modo en que las actividades de esta vida se encuentran determinadas por las actividades de vidas previas, la naturaleza de las actividades de esta vida determinará las de la próxima.

Dios es quien decide el lugar y el tiempo, la circunstancia y la consecuencia de acuerdo con la naturaleza de las actividades llevadas a cabo en esta vida. Dios tiene el poder para configurar la naturaleza del hombre, pero no ejerce ese poder para moldearlo de manera diferente. Lo deja al libre albedrío del individuo, el cual tendrá que aprender las lecciones a través de la experiencia.

Los pedazos de piedra que se desprenden al cincelar una roca son una parte de ella; mas el individuo no es una parte de Dios de esta forma. En un sentido, tanto el individuo como el universo son distintos y diferentes de Dios. En otro sentido, en cambio, son inseparables. Este misterio de separación y la identidad no puede ser captado por medio de la razón y el intelecto. Sólo puede ser entendido a través de los Vedas y su mensaje. Esta es la principal de las lecciones que puede inculcar la cultura espiritual.

Vedanta significa el producto final del fondo de conocimiento: la liberación. El producto final de la leche es el ghi, pues cuando la leche es hervida, cortada y batida y se clarifica la mantequilla resultante, se obtiene el ghi, el cual ya no puede ser transformado en nada más. Es el producto final.

El Vedanta es el conocimiento que revela, que afloja “los nudos del corazón” y las ataduras a los objetos externos, que revela en un destello la unidad que es la verdad de toda esta polifacética creación. Sólo eso puede dar paz y felicidad. El hombre puede ser feliz sólo en la vastedad, cuando se expande en un poder y magnificencia cada vez mayores. La gente corre a la playa o al sur durante el verano a fin de escapar al calor. Así también, la gente busca la vastedad a fin de escapar de la estrechez de la vida “individualizada”. Deseen lo eterno, lo absoluto, no lo temporal y lo particular.

Cada niño llega al mundo llevando la carga de las consecuencias sin saldar, acumuladas en vidas previas. No cae del regazo de la naturaleza tan simplemente como un rayo desde las nubes. Nace en este mundo con el objeto de experimentar las consecuencias tanto benignas como negativas de sus propios actos en vidas pasadas. Esta es la explicación de las diferencias tan evidentes entre los hombres. Este es el principio del karma.

Entre los hombres, cada uno es responsable de su buena o mala fortuna; cada uno es el constructor, el arquitecto. La suerte, el destino, la predeterminación, la voluntad de Dios, no son sino explicaciones derribada cada una por el principio del karma. Cuando el hombre se de cuenta de que Dios no tiene parte en lo que se refiere a causarle sufrimiento y que la única causa no es sino él, que no tiene a nadie a quien culpar, que solamente él es tanto el agente como el beneficiario o la víctima -la causa y el efecto- de sus actos, que es libre para configurar su futuro, sólo entonces se acercará a Dios con un paso más firme y una mente más clara. Si el hombre se ve afligido por la desgracia en el presente, con toda seguridad no es sino el resultado de los actos que ha llevado a cabo.

De la misma manera, ha de tener la certeza de que su felicidad y su buena suerte también están en sus manos. Si lo decide, puede lograrlas. Si una persona es pura de espíritu ahora, ella misma es la causa. A menos que lo ansíe, no podrá lograrlo. De este modo queda claro que la voluntad inherente al hombre se ubica más allá de todos los estados y condiciones, de toda la formación y toda transformación. La libertad que esto representa es el resultado de sus actos pasados, y es poderosa, infinitamente fructífera y suprema.

El Alma no es ni masculina ni femenina, no es dable que se le impongan estas distinciones. Ellas no representan más que atributos físicos que pertenecen al cuerpo. Cuando se habla del Alma, ideas como éstas sólo son un signo de engaño; no son pertinentes sino cuando se habla del cuerpo. También las discusiones respecto a “edad” son producto de este engaño. El Alma es eterna. Esta entidad intemporal es siempre una y única.

¿Cómo llegó a encarnar el Alma? Para todo este encierro y atadura del Alma en el cuerpo no hay sino una razón: falso conocimiento, la falta de una Conciencia correcta. Es por ignorancia que el hombre llega a esclavizarse y, por ende, no hay sino una cura: la sabiduría. Sólo ella lo puede guiar. ¿Cómo puede lograrse esta Conciencia?

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Hay tres vías para llegar a ella: el amor, la devoción, y la adoración de Dios con dedicación plena, a través del servicio lleno de amor y de adoración prestado a todo ser viviente (que no son más que templos de Dios en movimiento, puesto que Él reside en cada uno de ellos). Mediante éstos puede llegar a disolverse el falso conocimiento, la ignorancia y hacer que las ataduras se corten. Entonces el individuo quedará libre.

La veneración, con intensidad de la conciencia, pureza de sentimiento y libre de todo pensamiento extraño, se convierte por sí misma en Meditación Profunda. Como resultado de esta meditación profunda, Dios aparece ante el ojo interno del devoto en la forma que él haya escogido para la adoración. La visión no es simplemente cosa de la imaginación; esta es una experiencia “cara a cara”. Sin cambio de ubicación, él puede morar en la presencia de Dios, en el mismo lugar. Esto se llama “liberación en la que se existe en Dios”. Además, estando así, siempre con Dios, en Dios, los devotos realizan todo lo que ellos ven como la gloria de Dios, y la experiencia es llamada “liberación en la que se siente la cercanía de Dios”.

Existiendo siempre con Dios, testimoniando siempre la gloria de Dios y llegando a estar bañado de la conciencia de Dios, es “ser impregnado de la conciencia de Dios”. Este es el fruto final del Tratado de la Devoción. Pero en esta etapa, todavía queda una traza de sensación de diferenciación. Por esto, el principio de la No Dualidad no la admite como la más alta. Simplemente porque el devoto tenga la misma Forma del Señor no podemos concluir que tenga los poderes de la creación, preservación y destrucción, que solamente Dios posee. Sólo cuando desaparece toda huella de diferenciación y se logra la unidad es que se alcanza el nivel más elevado. Esto se llama “Fusión con Dios” y viene por Gracia Divina, ganada por la esencia de la Disciplina Espiritual de cada uno; no puede considerarse como el fruto del esfuerzo.

El devoto debe aspirar a esta fusión. Desea servir a Dios a su propio gusto y experimentar la alegría de la forma que él ha atribuido a Dios. Pero Dios, por Su Gracia, le concede no solamente la presencia de Dios en todas partes, la realización de que todo lo que ve es la gloria de Dios , el estar siempre bañado de la conciencia de Dios ¡sino también la fusión misma con Dios!

El sendero de la devoción lleva también al logro del conocimiento de Dios. Aun cuando el devoto no lo anhele, Dios mismo se lo concede. La Fusión con la Esencia Divina es considerada también como la Liberación en la Unidad.

“Nadie conoce el nacimiento de éstos; ellos conocen mutuamente su modalidad de engendramiento: mas el Sabio percibe estos misterios ocultos, incluso el que la gran Diosa, la Madre de múltiples matices, lleva en su seno del conocimiento”.

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